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¿Por qué los científicos decidieron que un kilo no pesará lo mismo de siempre?

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A partir de 2019, tras la Conferencia General Sobre Pesos y 
Medidas CGPM),esta unidad de medida desaparecerá, al
considerarse poco práctica para la ciencia.

En 2019, miles de personas en el mundo dejarán de sufrir por esos incómodos kilitos. Pero no estamos hablando de quienes sufren por el sobrepeso, sino de los científicos que hasta la fecha padecen al aplicar esta unidad de medida en sus investigaciones. A partir de ese año, la unidad de medida kilogramo será eliminada del Sistema Internacional de Unidades.

La decisión fue tomada la semana pasada en París, de acuerdo con una nota del portal de noticias BBC Mundo. La decisión se hará oficial en noviembre de 2018, cuando se lleve a cabo la Conferencia General Sobre Pesos y Medidas (CGPM) que redefinirá las unidades básicas de medición, como el kilogramo, el mol, el kelvin y el amperio.

Bueno, ¿y por qué a los científicos les incomodan tanto los kilos? La respuesta es que actualmente, estas unidades no responden a constantes fundamentales, sino a medidas arbitrarias que se establecieron en algún momento de la historia.

El kilo es un gran ejemplo de esta situación. En 1889, el kilo se volvió oficial: en esa fecha, funcionarios de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas depositaron un cilindro de 4 centímetros de platino iridio fabricado en Londres en una caja de seguridad en París, con tres campanas de vidrio resguardándolo. El problema es que con el paso del tiempo ese cilindro ha perdido 50 microgramos, creando una variación en todas las balanzas, que deben calibrarse comparándose con ese cilindro.

Si bien estas diferencias son insignificantes para alguien que quiera saber si le va a caber la ropa después de llegar de unas vacaciones, estos cambios mínimos pueden afectar de manera significativa las investigaciones científicas.

Por esto, a partir de mayo de 2019 el kilo se medirá con un instrumento llamado la balanza de Watt que, mediante dos experimentos distintos, compara la energía mecánica -o sea el peso causado por un objeto- y la electromagnética de un objeto. Tras aplicar una fórmula matemática, los científicos pueden calcular el valor en kilogramos de dicho objeto, relacionándolo con la constante matemática de Planck.

Esta balanza existe desde 1976, y le ganó la competencia para ser la nueva metodología para medir el kilogramo a otros tres experimentos propuestos: el proyecto de Avogadro, la levitación magnética y el experimento de acumulación de iones de oro.

Tomado de: Redacción Ciencia El Espectador
Imagen: Pixabay

Cinco años de continuo aprendizaje

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Si bien la investigación científica en Colombia no está pasando por un buen momento dado el poco apoyo económico por parte del Estado, es evidente el enorme esfuerzo que las instituciones académicas hacen de manera permanente por buscar el apoyo que se requiere para la producción científica.

 A lo largo de estos cinco años hemos podido encontrar grandes talentos dentro de la academia, ávidos de compartir el resultado de sus investigaciones, que en muchos casos no pasan del repositorio de tesis de una facultad, bien sea por desconocimiento, poco apoyo o simplemente falta de presupuesto para su publicación.

Este camino recorrido de continuo aprendizaje, nos ha enseñado,  de una manera simple a brindar herramientas tanto a las instituciones privadas como públicas y por supuesto a sus investigadores, una alternativa de socialización y puesta a disposición de su conocimiento sin inversión; mediante divulgación de artículos, textos académicos y resultados de investigación que serán apoyo de consulta de un sin número de usuarios que no cuentan con el acceso a las bases de indexación.

Gracias a esta labor hemos podido compartir largas jornadas de trabajo con algunos de los mejores investigadores en diferentes disciplinas, a quienes hoy extiendo mi agradecimiento por haber tomado la decisión de apoyar este proyecto que cada día nos deja más satisfacciones.

Hoy a 5 años de nuestra constitución como un emprendimiento, solo tengo palabras de agradecimiento para las instituciones tanto públicas como privadas que nos permiten hacer parte de su gestión y aportar a la difusión del conocimiento en cada uno de sus proyectos.

Quiero agradecer de manera muy especial a la Universidad de la Sabana, primera institución que a pocos meses de abrir nuestras puertas nos dio la oportunidad de trabajar en conjunto y hoy hemos podido llevar los resultados de la producción académica a otros países. A la Dirección General marítima Colombiana y a la Comisión Colombiana del Océano por haber creído en nosotros y poner en nuestras manos la producción de sus más importantes investigaciones.

Sandra Edith Nossa M.

Dirección General

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“Es cierto: robo a los editores para dárselo a los científicos”

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Como cualquier pirata informático que se respete, no deja huellas y huye de los focos. La Robin Hood de la ciencia internacional tiene 28 años, se llama Alexandra Elbakyan, es de origen kazajo y licenciada en informática. Y, sobre todo, es una pirata informática que lucha por el libre acceso universal a los estudios científicos, y está considerada la heredera de Aaron Swartz, el cofundador de Reddit. 

Cinco gigantes editoriales —Reed Elsevier, Spring, Wiley, Blackwell, Sage y Taylor&Francis— publican la mitad de los estudios realizados en todas las universidades del mundo. Y los blindan, como “sheriffs de Nottingham”, dice, tras costosas barreras de pago —hasta 40 dólares por artículo—que impiden la consulta a estudiantes e investigadores sin recursos. La solución que Alexandra lanzó en 2011 es Sci-Hub.cc: un sitio que ofrece gratis todo tipo de estudios. Ahora la revista Nature, a pesar de que en teoría es su enemiga, la ha incluido en la lista de las 10 personas más importantes para la ciencia en 2016.

Pregunta: ¿Cómo nació Sci-Hub?

Respuesta: En 2009, para hacer mi tesis, tenía que consultar una treintena de estudios. Todos eran de pago, con el acostumbrado precio medio de 30 dólares cada uno. Era demasiado para mí, así que me dirigí a la Red: ya había descargado gratis libros técnicos de páginas piratas y pensaba que podría hacer lo mismo con los estudios. En realidad no era tan fácil. Me encontré con una comunidad de piratas, donde me explicaron cómo evitar las barreras de pago. Y en un par de años lancé Sci-Hub.

P: ¿Cómo funciona?

R: Si introduces el código identificativo del estudio que necesitas, Sci-Hub lo busca en la base de datos LibGen, que contiene ya 62 millones de estudios piratas. Si el estudio todavía no está allí, lo recuperamos del sitio al que pertenece utilizando las credenciales de investigadores que las han puesto a nuestra disposición.

P: Hay quien sostiene que está perjudicando a la ciencia: el dinero que recaudan los editores científicos sería vital para el sistema.

R: Es falso. Desde luego, publicar un estudio tiene costes, pero muchos de los autores no ganan nada, se conforman con el prestigio de las revistas. Hay incluso estudios de hace 10 o 20 años que todavía hoy solo se pueden consultar previo pago. ¿Cómo es posible? La verdad es que los beneficios obtenidos mediante el acceso restringido son mucho más elevados de lo que sería necesario para cubrir los costes de publicación: solo Elsevier gana aproximadamente 130 millones al año.

P: ¿Cuál es la reacción de los científicos ante su trabajo?

R: Ninguno se ha quejado de que sus estudios estuvieran disponibles en Sci-Hub. Al contrario, se reconoce lo que hacemos, que beneficia también a la Universidad. Incluso la de Harvard, la más rica del mundo, ha admitido que ya no puede hacer frente a los precios que imponen los editores para que sus investigadores puedan acceder a los artículos.

P: ¿Cuál es su límite?

R: Sobre todo en los meses en que los accesos crecieron más, el sitio se caía por el exceso de tráfico, hasta el punto de que algunos me pidieron que ofreciera un acceso de pago a Sci-Hub para limitar el número de usuarios. Me pareció algo muy irónico.

P: ¿Cómo se defenderá de los pleitos de los editores?

R: Mis servidores están en Rusia. En Estados Unidos no tengo nada, de modo que no hay nada de qué incautarse.

Tomado de: www.elpais.com  
Fotografía: Alexandra Elbakyan. APNEET JOLLY / FLICKR / VÍDEO: EPV

Por: GIULIANO ALUFFI (LA REPUBBLICA) 
Roma 

La ciencia está atravesando por una crisis de estudios inservibles

CienciaLab

Un equipo de investigadores deja ver la poca veracidad que tienen los estudios científicos en prácticamente todas las disciplinas. En un manifiesto piden transparencia en la información que utilizan.

Lo más lógico sería que para tomar como cierta una teoría, se hagan diferentes pruebas y experimentos para corroborar su veracidad. Sin embargo, este principio de reproducibilidad está desapareciendo en la ciencia, lo que pone en entredicho la validez de varios estudios en casi todas las disciplinas.

Esa fue la conclusión a la que llegó un grupo de investigadores de Estados Unidos, Reino Unido y Holanda tras hacer público un manifiesto en la revista Nature Human Behaviour donde piden que la ciencia recupere la credibilidad que la caracteriza y regrese a los principios básicos que la fundamentan.

El principal autor del documento es el médico e investigador de la Universidad de Stanford, John Loannidis, conocido por ser uno de los pioneros de la llamada “metaciencia”, una disciplina que analiza el trabajo de otros científicos y comprueba si sus estudios son ciertos o no.

Según el experto, hasta el 95% de los estudios científicos que existen en el campo de la pscicología pueden ser falacias sin rebatir, en parte por culpa de los científicos y en parte también de las universidades, las agencias que financian las investigaciones, las poderosas revistas involucradas que prefieren publicar resultados novedosos y llamativos, y en general, por los demás actores que tienen un conflicto de intereses en todo esto.

“La ciencia trata de acercarse a la verdad lo más posible y no de obtener resultados espectaculares pero erróneos”, afirmó en su momento Loannidis, cuando denunció que la mayoría de los experimentos en psicología no habían sido replicados ni confirmados por otros colegas.

“Es una parte fundamental de la ciencia, ser consciente de las limitaciones, reconocer los errores y corregirlos. Es importante equivocarse”, dijo.

Y los mismos científicos reconocen la crisis por la que pasa la ciencia. Una reciente encuesta realizada por Nature deja ver que el 90% de los investigadores creen que hay una debilidad en la reproducibilidad, precisamente porque los métodos de análisis han cambiado tanto que se han alejado de lo fundamental: la verdad y transparencia en los resultados.

“Antes se analizaban los datos en bruto, los autores iban a las Academias a reproducir sus experimentos delante de todo el mundo, pero ahora esto se ha perdido porque los estudios se basan en seis millones de folios de datos brutos”, opina Loannidis.

Eso hace que los científicos “crean todo lo que ven pero no hay forma de comprobar qué es cierto, y además no podemos usar esos datos en bruto posteriormente porque se han esfumado”, remató Loannidis.

Tomado de: www.elespectador.com
Fotografía: infonews

El Ártico experimenta una «anomalía extrema» de las temperaturas

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Ártico canadiense, una de las zonas del planeta más afectadas por
el calentamiento global. ACHIM BAQUE

Los científicos norteamericanos no se amedrentan ante el presidente electo Donald Trump y han ofrecido esta semana la nueva y preocupante evidencia sobre lo que está sucediendo en el Ártico con temperaturas de 11 grados por encima de la media registrada a finales del siglo XX.

El Informe del Ártico de la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) llega apenas dos semanas después del estudio del Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo, que detectó temperaturas de 5 grados bajo cero (20 grados por encima de lo habitual en estas fechas) en zonas como el Mar de Kara o el archipiélago de Svalbard, donde no acababa de cuajar la capa de hielo.

Los científicos de la NOAA advierten, en el Artic Report Card, que las temperaturas récord de los últimos meses «superan nuestra capacidad para entender y explicar» lo que está sucediendo. Los expertos alertan que estamos posiblemente ante el otoño más caliente «en decenas de miles de años» en el Polo Norte y en las regiones subárticas, donde el calentamiento podría tener «consecuencias catastróficas», con la liberación «natural» de grandes cantidades de gases invernadero como el CO2 y el metano.

En una referencia explícita a la inminente llegada a la Casa Blanca del escéptico del clima Donald Trump, la NOAA advierte que en estos momentos existe «una presión creciente para comunicar la importancia de las observaciones científicas». La NOAA había escapado hasta ahora de la supervisión del presidente electo, que ha anticipado sin embargo un «hachazo» a los programas de ciencias terrestres de la NASA, para centrarse en la vuelta a la Luna y las misiones a Marte.

Entre tanto, los científicos del Departamento de Energía han plantado cara al equipo de transición de Trump y se han negado a responder un cuestionario de 74 preguntas, dirigido sobre todo a los expertos que han participado en conferencias sobre el clima y a los vinculados con el Plan de Acción Climática del presidente Obama. Los científicos han expresado su temor a una «Inquisición» climática.

Jeremy Mathis, al frente del programa de investigación del Ártico en la NOAA, se ha limitado entre tanto a poner los datos sobre la mesa: «Rara vez como esta año hemos visto en el Ártico una señal tan clara, tan fuerte o tan pronunciada del calentamiento persistente y de sus efectos en cascada en el medio ambiente. Aunque la ciencia está cada vez más clara, necesitamos mejorar y mantener las observaciones, para tomar las decisiones que pueden afectar tanto a la salud ambiental como a la apertura de nuevas rutas para el comercio».

La desaparición del hielo del Ártico podría facilitar las rutas marinas y abrir incluso el camino a nuevas prospecciones petrolíferas. Los expertos de la NOAA advierten que los efectos podrían calcularse en billones de dólares, «hacia el lado positivo o hacia el lado negativo».

Habitualmente, la capa de hielo del Ártico alcanza su mínimo entre septiembre y octubre, pero este año la formación del hielo se ha retrasado hasta llegar a noviembre y alcanzar el mínimo histórico desde que comenzó el seguimiento por satélite desde 1979. Los científicos vaticinan que la región puede quedar libre de hielo durante varios meses al año en las próximas décadas, por primera vez en 100.000 años.

Tomado de: http:www.elmundo.es

¿Por qué los científicos están enojados con la nueva Ministra de Educación?

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Mauricio Rivera, profesor de la Universidad de Antioquia,
se unió al “manifiesto de la inconformidad”.

La recién designada ministra de Educación, Yaneth Giha, tendrá que empezar sus labores en la cartera con un chicharrón entre manos: el descontento de los científicos e investigadores universitarios por unas declaraciones suyas de hace apenas dos semanas, cuando se desempeñaba como directora de Colciencias.

En el último Consejo Nacional de Rectores en la ciudad de Barranquilla, la funcionaria aseguró que cerca de 1,5 billones de pesos de los fondos de regalías para la ciencia y la tecnología, que administra Colciencias, están represados porque no se han presentado proyectos lo suficientemente buenos como para que ameriten ser financiados con recursos públicos.

 “Recursos sí hay, pero no sabemos cómo hacer para que fluyan. Si no hay proyectos buenos, prefiero que no se muevan”, les dijo Giha a los rectores de las universidades públicas y privadas que acudieron al encuentro.

La funcionaria reconoció que hay dificultades en el sistema de ciencia y tecnología, pero señaló que en este momento no existe una sola propuesta en investigación en ciencias básicas apta para acceder a los recursos de las regalías.

A los investigadores y docentes, el comentario de la entonces directora de Colciencias les cayó como un baldado de agua fría, y su reacción fue promover a través de redes sociales un “manifiesto de la inconformidad”.

Pero, ¿qué tan cierto es que en Colombia no hay proyectos de calidad que merezcan la inversión del Estado?

Para Mauricio Rivera, biólogo, investigador de herpetología (anfibios y reptiles) y profesor de la Universidad de Antioquia, las palabras de Giha fueron desafortunadas. De hecho, él mismo colgó su foto en redes sociales con el “manifiesto de la inconformidad”.

Rivera explicó que en Colombia es difícil acceder a los recursos de la regalías, sobre todo en el caso de las ciencias básicas, porque Colciencias exige que los investigadores demuestran la utilidad económica de una investigación y su impacto en los planes de desarrollo regionales.

Además, las regalías no pasan directamente de Colciencias a los proyectos de investigación, sino que en el medio están las gobernaciones, que en muchos casos no tienen los recursos técnicos ni los conocimientos para evaluar la viabilidad de los proyectos científicos, y usan como principal criterio la aplicación práctica y el posible impacto económico de las investigaciones.

Es decir, no existe un criterio claro para diferenciar los proyectos “buenos” de los “malos”.

“Colombia adolece de un sistema real, claro, concreto, expedito y con rigor técnico para la asignación de recursos para la ciencia”, dice Rivera. Y así, con el sistema actual, los más perjudicados son los investigadores en ciencias básicas.

“Si yo lidero un proyecto de biodiversidad en lugares no explorados de Colombia y descubrimos nuevas especies, hay todo un proceso de recolección de información y publicación, pero en un primer momento esa investigación en ciencias básicas no tiene un impacto económico”, cuenta Rivera.

Después, dice el científico, esos conocimientos básicos descubiertos pueden tener un sinnúmero de aplicaciones: en la industria, a nivel farmacéutico, en los alcaloides (síntesis de plantas) o en el negocio de las maderas, por mencionar sólo algunos ejemplos.

“Si estamos interesados en hacer proyectos de investigación en biología o en ciencia básica encontramos dificultades de apoyo porque los investigadores no nos comprometemos con metas, sino con objetivos, y esos objetivos necesariamente no están ligados a alcance económico de esa investigación”, dice el profesor.

Por eso, para sus investigaciones en herpetología (el estudio de los anfibios y reptiles), este científico ha tenido que recurrir a la financiación internacional que, paradójicamente, es mucho más fácil de conseguir que los recursos públicos de Colciencias.

“Aunque hay más competencia a nivel internacional -en cuanto a calidad de los proyectos- la burocracia de Colciencias lo hace todo más difícil. Los científicos tenemos que dejar de ser la ‘Cenicienta’ del Estado”, argumenta el profesor.

Así pues, Yaneth Giha tendrá un primer gran reto como Ministra de Educación: dirimir sus diferencias con la comunidad científica y demostrar que en Colombia sí hay proyectos de investigación que valgan la pena.

Tomado de: www.elcolombiano.com por Estefanía Carvajal Restrepo
Fotografía: Facebook Mauricio Rivera.

Lo que todos los periodistas deberían saber sobre ciencia

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Los periodistas científicos no son los únicos que deberían saber evaluar una investigación y aprender a distinguir los buenos estudios de los malos. Artículo original de Paul Raeburn, publicado en Nieman Reports y traducido por Vanessa Pombo.

Una patología llamada carcinoma ductal in situ (CDIS) es –o no—precursora de cáncer de mama. Requiere –o no—tratamiento. Los médicos difieren en estas cuestiones porque no existen evidencias científicas contundentes. Algunas mujeres con CDIS, una masa de células anormales que se produce en los conductos mamarios, se someten a una mastectomía [extirpación del tumor y la mama]. Otras, a tumorectomía [conserva la mama] y radiación. Unas cuantas observan y esperan.

Así que cuando  JAMA Oncology publicó un estudio sobre el tema en agosto de 2015, tuvo una cobertura muy diversa. Gina Kolata, del New York Times, escribió que CDIS no tenía riesgo, o muy poco: «Las pacientes de esta patología tienen casi la misma posibilidad de fallecer por cáncer de mama que las mujeres de la población general». Alice Park, de Time, llegó a una conclusión diferente: «El CDIS podría ser menos benigno de lo que los médicos creían». Y Jennifer Calfas, del USA Today, citó opiniones expertas confrontadas, sin extraer ninguna conclusión en absoluto. El estudio, escribía, «ha abierto el debate sobre la importancia de las opciones de tratamiento para mujeres diagnosticadas en las fases más tempranas del cáncer de mama» —en el caso de que el CDIS sea una fase temprana de cáncer de mama—.

¿Confuso? También lo eran el estudio y los comentarios del investigador principal, Steven A. Narod, y su hospital. Narod, del Women’s College Research Institute, perteneciente al Women’s College Hospital de Toronto, contó a Kolata, del New York Times, que tras una biopsia para extraer las células anormales, «la mejor forma de tratar al CDIS es no hacer nada». Pese a que la nota de prensa del hospital cita unas palabras de Narod en las que dice que el CDIS «tiene más en común con pequeños tumores invasivos de lo que se creía» y que «el CDIS tiene un potencial inherente de diseminarse a otros órganos». De hecho, no hay nada en el estudio que apoye las amplias afirmaciones que hicieron muchos de los reportajes. Y pocos de ellos se centraron en los hallazgos más claros: edad y raza constituyen riesgos.

La cobertura del estudio sobre el CDIS pone en evidencia el que es, quizá, el mayor reto que afrontan los periodistas científicos: evaluar e interpretar resultados complejos, y en ocasiones contradictorios, en una época en la que tantas cuestiones mediáticas –desde el cambio climático y la reforma sanitaria hasta las normativas energéticas y medioambientales, pasando por los sondeos electorales y la economía—exigen tener una comprensión de la ciencia suficientemente compleja. Esto vuelve más crucial que nunca el papel del periodismo como promotor de la alfabetización científica del público. «Necesitamos un mundo alfabetizado científicamente, porque, a medida que la ciencia y la tecnología modifican el entorno en el que vivimos, debemos abordar esos cambios con inteligencia”, dice Deborah Blum, divulgadora científica ganadora de un Premio Pulitzer, directora del programa Knigh Science Journalism del MIT y editora de la nueva revista científica Undark. «¿Cómo lo hacemos, si no entendemos cómo funciona?».

Este es parte del reto que supone la noticia del CDIS. Incluso divulgadores científicos especializados en cuestiones médicas –o, más concretamente, especializados en cáncer, incluso en cáncer de mama—han tenido problemas al abordar la cuestión. Y pocos divulgadores científicos tienen el lujo de especializarse en ámbitos tan concretos. La mayoría de ellos cubren múltiples temas: un día escriben sobre un experimento de la NASA; al siguiente, sobre una controversia con desechos tóxicos. A pesar de ello, deben traducir la ciencia que hay tras esas historias de una forma rápida y rigurosa, y al mismo tiempo ser cautelosos con los errores y las falsificaciones.

Esta tarea se ha vuelto más difícil debido a obstáculos recientes dentro de la propia ciencia. En una época de recortes presupuestarios, en ocasiones severos, los científicos están sometidos a una presión cada vez mayor para obtener resultados. Un fallo puede poner en peligro carreras y futuras financiaciones. Como consecuencia, los estudios que encuentran un efecto para una droga experimental, por ejemplo, tienen muchas más posibilidades de ser publicados que los ensayos infructuosos –incluso aunque algunas veces los resultados negativos sean igual de importantes. Puede parecer fascinante una investigación que encuentra en una droga un prometedor efecto contra un tumor, pero su acogida sería diferente si existiera una docena de estudios que no hubieran encontrado ningún efecto en ella.

Al mismo tiempo, ha habido un aumento en las retractaciones de estudios científicos, debido tanto a errores como a falsificaciones. A menudo, los datos requeridos para evaluar la validez de un estudio son confidenciales, tanto por motivos comerciales como de competencia. Además, el modo en que se financian las investigaciones —y quién las financia— dificulta aún más la búsqueda de la verdad. Buena parte de la financiación destinada a la investigación académica llega a las universidades desde el gobierno. Las universidades fomentan un modelo de “publica o muere” por el que los investigadores reciben incentivos para publicar cada vez que recogen la más mínima cantidad de nuevos datos —porque reciben promociones basadas, en parte, en cuántos estudios publican y dónde los publican-.

A menudo se dice que la legitimidad de la investigación científica depende de rigurosas revisiones por pares. Es decir, cuando se envía un artículo a una revista científica, otros expertos en el área revisan su rigor. Pero la confianza en la revisión por pares está decreciendo. A veces, se cuelan trabajos de inferior calidad o fraudulentos.

La revisión por pares puede fallar incluso cuando se aplica a artículos importantes de científicos respetados. En un reciente proyecto de varios años de duración, por ejemplo, un grupo de investigadores intentaron replicar 100 estudios de psicología. Solo pudieron confirmar 39. En marzo de 2015, la revista británica BioMed Central se retractó de 43 artículos en los que se habían producido movimientos para «influir positivamente en las conclusiones de la revisión por pares, sugiriendo revisores ficticios». Según Ivan Oransky, cofundador con Adam Marcus del blog Retraction Watch, esto fundamenta el escepticismo de los divulgadores científicos. Arguye que deberían permanecer tan escépticos hacia los científicos como los periodistas políticos lo son hacia los propios políticos. «Cuando queremos someter a un control a los políticos, las empresas… buscamos fraude, corrupción, comportamiento deshonesto», dice Oransky. «En ciencia, nuestra herramienta de control es si las afirmaciones de los científicos seguirán sosteniéndose o no». Dado el repunte en retractaciones, los periodistas no pueden seguir confiando en la revisión por pares como un medidor fiable de la legitimidad de una investigación.

Por supuesto, la imposibilidad de reproducir resultados no significa que los hallazgos originales fueran erróneos, o que la investigación fuera fraudulenta. La ciencia implica ensayo y error. De hecho, parte del reto para los divulgadores científicos está en expresar los matices y las incertezas que hay hasta en los experimentos mejor ejecutados. «Es bastante difícil reproducir resultados», dice Sarah Brookhart, directora ejecutiva de la Association for Pysochological Science. «Siempre hay problemas de reproducibilidad, replicación y generalización» debido a que los modelos animales no se pueden trasladar a los seres humanos, por ejemplo, o a diferencias en la metodología. A principios de marzo, cuatro investigadores de Harvard resaltaron este punto en un artículo publicado en Science, que calificaba el estudio de reproducción como estadísticamente defectuoso y erróneo. Los periodistas, arguye Brookhart, deberían ver los artículos científicos como parte de un proceso, no como un resultado que arroja una conclusión firme.

Algunas veces, los revisores no hacen bien su trabajo. Pero la cantidad de artículos científicos que se están publicando ha creado otro problema: no hay suficientes revisores que puedan dedicar tiempo a hacer una revisión rigurosa de cada estudio. Atul Gawande, cirujano en el Boston’s Brigham and Women’s Hospital, escritor del New Yorker y autor de ‘Being Mortal’, apunta que la comprobación periodística de hechos (fact checking) puede en ocasiones ser más exhaustiva que la revisión científica por pares. «El proceso de revisión por pares es útil”, dice, «pero cuando el New Yorker verifica mis artículos… no se limita a mirar mis notas al pie. Comprueban si en ellas he seleccionado solo los datos que me favorecen. Leen el artículo y comprueban si he citado algo fuera de contexto, o si hay otros cinco artículos que sugieren lo contrario. Me hacen revisión por pares». Dado que al año se publican 2,5 millones de artículos científicos, Gawande reconoce que ese tipo de comprobación rigurosa de hechos no es posible para la mayoría de las revistas revisadas por pares ―o para la mayoría de las publicaciones, si a eso vamos.

Un seguimiento inteligente y cuidadoso puede, sin embargo, sortear algunos de estos problemas. Christie Aschwanden, principal divulgadora científica en el sitio de periodismo de datos FiveThirtyEight, mostró cómo hacerlo el pasado otoño, cuando analizó un estudio que afirmaba que los consumidores jóvenes de cigarrillos electrónicos eran ocho veces más propensos a empezar a fumar cigarrillos tradicionales que los no fumadores. El autor principal era Brian Primack, profesor de la University of Pittsburgh School of Medicine. El estudio, que apareció en JAMA Pediatrics en septiembre, encuestó a 694 participantes de entre 16 y 26 años, y volvió a entrevistarlos un año después.

Dieciséis de los encuestados fumaban cigarrillos electrónicos al inicio del estudio. Aschwanden descubrió que los resultados que encabezaban el título del artículo ―Los Angeles Times: “Los adolescentes que vapean son más propensos a fumar en el futuro, dice un estudio”; y Time: “Los e-cigarrillos son la puerta de entrada hacia el tabaco, dice un estudio”― surgen del hecho de que seis usuarios de e-cigarrillos se habían convertido en fumadores tradicionales entre la primera y la segunda encuesta. Seis. «Así que, como seis personas habían empezado a fumar, las noticias afirmaron que los e-cigarrillos son la puerta de entrada al tabaco convencional», escribió Aschwanden. Aunque fue un estudio grande, la conclusión clave se extrajo en función de un puñado de participantes.

El error, según Aschwanden, está en confundir correlación con causalidad. Aunque había un riesgo sustancialmente elevado asociado con aquellos que fumaban e-cigarrillos, se encuestó a tan pocos que los consumía (solo 16) que la muestra es demasiado pequeña para ofrecer resultados definitivos. «Es una investigación perfectamente correcta», dice Aschwanden, «pero parecía más un estudio generado a partir de una hipótesis, que uno del que se pueda extraer conclusión alguna. Había que leer la letra pequeña para descubrir que estaban examinando una muestra mínima».

Otro reto para los divulgadores científicos es que, como los propios científicos, no pueden ser expertos en todo.  Hace poco, en un periodo de dos meses, el columnista del New York Times Carl Zimmer escribió sobre el calentamiento de los océanos, el barrenador esmeralda del fresno (un escarabajo asiático que ataca a los fresnos), el mimetismo animal, la paleodieta, las vacunas, un hongo que ataca a las salamandras y la transmisión de células fetales a las madres. La clave para poder cubrir un terreno tan amplio, dice Zimmer, no es ser un experto en cada una de esas áreas, sino identificar a quienes sí lo son. Esto no siempre es fácil, y muchos expertos ajenos a las investigaciones tienen sus propios sesgos. Por ese motivo, una llamada rápida a una sola autoridad quizás no es suficiente. En historias complicadas, Zimmer, que también es corresponsal del Stat, la publicación online de ciencia y salud del Boston Globe Media, puede llegar a hablar con media docena de fuentes, incluso aunque solo una o dos terminen apareciendo en el artículo.

La idea de que los periodistas deben utilizar fuentes externas para ayudar a evaluar la investigación puede sonar obvia. Pero lo más llamativo es que pocos lo hacen, especialmente cuando la ciencia forma parte de otro tipo de artículo, por ejemplo, una noticia política. Zimmer urge a todos los periodistas, sean científicos o no, a que, cuando la ciencia sea un factor central en una historia, la aborden. Encontrar fuentes creíbles ayuda a evaluar la investigación. Los periodistas que no tengan una agenda repleta de contactos de científicos, deberían pedírselos a sus colegas de la sección de ciencia.

Como muchos resultados científicos son provisionales, algunas veces el reto está en explicar a los lectores qué es certeza y qué especulación. Kathryn Schulz, reportera del The New Yorker, se enfrentó a este problema en su noticia de julio de 2015, “El Realmente Grande”, en el que describía un terremoto masivo que se predecía para el noroeste del Pacífico. Si la zona de subducción de Cascadia, la línea de 700 millas [algo más de 1.100 km] que va desde el norte de California hasta cerca de la isla Vancouver, en Canadá, cede por completo, el terremoto resultante podría tener una magnitud mayor de 9,2, según los sismólogos. Es decir, mayor que el terremoto de 2011 y el posterior tsunami en la costa de Japón que causó una gran devastación. Los investigadores coinciden en afirmar que se producirá un temblor —en la zona de subducción de Cascadia ocurren cada 243 años de media; han transcurrido 316 años desde el último— pero es imposible decir cuándo ocurrirá exactamente, ni determinar con precisión cuáles serán sus consecuencias.

Teniendo en cuenta las evidencias científicas para un seísmo, Schulz escribió la pieza en tiempo verbal futuro, en lugar de en un condicional, que hubiera sido mucho más precavido: «La zona del impacto cubrirá ciento cuarenta mil millas cuadradas [más de 350.000 km2, un 70% de España] incluyendo Seattle, Tacoma, Portland, Eugene, Salem (capital de Oregón), Olympia (capital de Washington) y afectará a unos siete millones de personas… Los calentadores de agua caerán y aplastarán las conducciones internas de gas. Las casas que no estén sujetas a sus cimientos se deslizarán… A la deriva sobre el ondulante terreno, las casas comenzarán a derrumbarse». Las cosas se ponen aún peor cuando llega el tsunami.

Chris Goldfinger, un sismólogo de la Oregon State University cuyo trabajo fue mencionado en el artículo, dice que Schulz quizás usó un poco de drama escénico (el artículo ganó un National Magazine Award en 2016 en la categoría de “narrativa periodística”), pero captó la ciencia correctamente. «No veo nada de malo en añadir un poco de color y de humor, siempre y cuando no te desvíes de los hechos», dice Goldfinger. «Es una forma de captar la atención de la gente, que hablen de ello. Si escribes la misma información de un modo seco, descolorido, no se podría hacer viral, y no habría causado tanto bien como este».

El artículo de Schulz generó un interés público masivo… y también angustia. Se crearon foros a lo largo del noroeste del Pacífico sobre la falta de preparación de la región, y los legisladores están discutiendo, e incluso tomando, medidas para revertir esta negligencia —desde crear rutas de evacuación de tsunamis hasta reacondicionar los edificios más viejos para que puedan soportar terremotos de gran magnitud—.

Gawande dice que trata de abordar algunas dificultades propias del periodismo científico dejando descansar una historia para ver si se sostiene. «Tiendo a sentarme en ella durante un tiempo y decir “¿cómo se va a ver dentro de tres meses, de seis meses? ¿Hacia dónde evoluciona?”. Esto significa retomar las historias que hiciste hace seis meses o un año y decir: “De acuerdo, ¿cómo se ve ahora desde esa perspectiva?”, y desarrollarlo a manera de seguimiento. Así evitarás verte arrastrado por los bombazos del momento».

Los periodistas científicos veteranos enseguida aprenden que decidir qué temas no cubrir es tan importante como decidir sobre qué temas saltar de inmediato. El pasado mes de septiembre, por ejemplo, Nature publicó un estudio que afirmaba haber encontrado evidencias de transmisión infecciosa de la enfermedad de Alzheimer… una gran historia, y terrorífica también. Pero Virginia Hughes, editora científica de BuzzFeed News, decidió no cubrirla. «Es una investigación ridícula», dice. «Creo que se había hecho con ocho personas y era muy, muy especulativa. Sabíamos que iba a generar grandes titulares, y no la cubrimos». Un día después, Kelly Oakes, editora científica en BuzzFeed UK, decidió sacarla, pero no a la manera convencional. Escribió un artículo que tumbó el estudio y los devastadores titulares que había generado.

La cuestión es que los periodistas no deberían aceptar cualquier cosa al pie de la letra. «Los periodistas deberían cubrir los problemas de la ciencia de forma rutinaria», dice Ben Goldacre, médico británico que escribió la columna “Bad Science” en The Guardian durante una década. «¿Se ha producido un descubrimiento grande y drástico sobre un nuevo tratamiento? Habla de ello mostrando que los primeros resultados tienden a exagerar los beneficios. ¿Una universidad que lleva a cabo muchos ensayos clínicos ha informado de un ensayo clínico positivo? Quizás han dejado sin publicar datos menos llamativos. Investiga qué proporción de sus ensayos anteriores habían quedado sin informar».

Oranksy cree que los periodistas deberían cambiar completamente el modo en que trabajan sobre los artículos científicos que se publican. Informar «no debería detenerse cuando los artículos científicos se publican… debes tratarlos como documentos vivos. Debes tratar cada hallazgo como provisional»… especialmente aquellos que invitan a generar grandes titulares. Tal y como añade Blum, la directora del Knight Science Journalism del MIT: «La ciencia es un proceso y cada estudio es un dato puntual en él.  Debes descubrir dónde se sitúa en el arco de ese proceso».

Tomado de: www.aecomunicacioncientifica.org
Fotografía: inndiversity.net

Registran el primer caso de comunicación entre humanos y animales salvajes

pajaros

Habitante de la tribu Yao, en África. 
Foto: / Agencia Sinc - Claire Spottiswoode

En 1558, cuando la actual República Popular de Mozambique estaba colonizada por los portugueses, el misionero João dos Santos observó a un pequeño pájaro de tonos amarronados deslizarse en el interior de su iglesia para picotear la cera de las velas. Pero esta no era su única habilidad: el ave era capaz de guiar a los hombres hacia las colmenas donde ellos extraían la miel y los animales se alimentaban de la cera.

En África, la inusual relación entre el pájaro y los hombres ‘cazadores de miel’ sigue intrigando a los científicos y es, sin duda, uno de los pocos casos de mutualismo que existen entre estas dos especies. Para entender cómo el ave ha sido capaz de aprender a reconocer las llamadas de los hombres, un equipo de investigadores ha realizado experimentos en la Reserva Nacional Niassa de Mozambique junto a los habitantes de la tribu Yao.

El estudio, publicado en Science esta semana, revela que los hombres logran reclutar a estas aves con sus peculiares sonidos y así encontrar las colmenas. Por su parte, los ‘guías de la miel’ convierten a los humanos en sus socios para acceder al panal sin ser picados por las abejas. Gracias a las señales de ambas especies, humanos y pájaros comunican y cooperan para aumentar sus probabilidades de localizar este valioso y nutritivo alimento.

“Lo más extraordinario en esta recíproca relación es que involucra a un animal salvaje cuyas interacciones con los humanos han evolucionado a través de la selección natural, probablemente a través de cientos de miles de años”, recalca Claire Spottiswoode, autora principal del trabajo y bióloga evolutiva en la Universidad de Cambridge y de Ciudad de Cabo en Sudáfrica.

De árbol en árbol para encontrar panales

La científica se adentró en los bosques africanos junto a los habitantes de la tribu Yao para comprobar que los pájaros eran capaces de distinguir la llamada específica de estos hombres de otros sonidos humanos, y responder a ella. Esta señal sonora realizada por los ‘cazadores de miel’ ha pasado de generación en generación y se caracteriza por un fuerte gorjeo seguido de un breve gruñido.

Dos cazadores iniciaron su caminata emitiendo sus llamadas habituales para atraer a los pájaros a la vez que un investigador reproducía grabaciones de tres señales sonoras diferentes cada siete segundos a intervalos de 15 minutos.

Los resultados confirmaron la comunicación de dos vías entre ambas especies al demostrar que las llamadas de los Yao permitieron un 54% de probabilidades de encontrar el panal, mientras que las llamadas de control generaron únicamente el 17%. “La llamada triplicó las probabilidades de una interacción exitosa, proporcionando miel para los humanos y cera para los pájaros”, apunta Spottiswoode.

Una vez que los pájaros identificaron la llamada de los hombres, actuaron de guía hacia la miel, revoloteando de árbol en árbol para indicar el lugar donde estaban escondidos los panales. En el 75% de los casos hallaron con éxito la colmena, según el experimento. En la tarea de extracción del alimento, los pájaros requirieron la ayuda de los hombres para ahuyentar a las abejas con humo y romper el panal. Los hombres se beneficiaron de la miel dejando la cera para las aves.

En otras regiones de África como Tanzania los habitantes de la tribu Hadza utilizan otros sonidos más melódicos para el mismo propósito. “Nos encantaría saber si los ‘guías de la miel’ han aprendido las variaciones de este tipo de lenguaje en las señales humanas a lo largo de África, lo que les ha permitido reconocer a los colaboradores apropiados entre los locales que viven junto a ellos”, concluye la científica.

Tomado de: http://www.elespectador.com/

Los cinco proyectos científicos que podrían cambiar el mundo

espacio

Foto: / ESA. Ilustración del artefacto para capturar la basura
del espacio.

Todos los años el Royal Society, instituto de ciencia británico, selecciona una serie de iniciativas que a su parecer podrían ser revolucionarias y solucionarían algunos de los desafíos de la humanidad. Aunque su lista es más extensa, estos son algunos de los elegidos.

Rayos X en 4D

Mirar a través de las cosas y los cuerpos siempre ha sido uno de los sueños del ser humano. Sueño que se ha logrado a medias gracias a inventos como los rayos X que hoy funcionan en todos los aeropuertos del mundo.

Sin embargo, lo que propone el sincrotón es ver mucho más allá y con más detenimiento. A través de unos rayos de luz 10 mil millones de veces más brillantes que los del Sol, esta especie de microscopio gigante busca revelar la estructura interna de los materiales en tres dimensiones. De manera que, sin necesidad de quebrar un objeto, se puede saber su composición con precisión.

Además, lo que se analice ene se artefacto puede reproducirse en 4D. Es decir, se pueden recrear las condiciones de un objeto y someterlo a transformaciones. Eso ayudaría a entender su comportamiento.

Las aplicaciones de sincrotón pueden ser variadas: desde permitir la observación de un cartílago afectado por la artritis hasta lograr el mejoramiento de las baterías de litio.

Una gran malla para capturar la basura cósmica

Desde que comenzó la carrera espacial de la humanidad la órbita de la Tierra ha quedado llena de desechos. Cientos de objetos que suman unas siete mil toneladas de basura espacial suelen amenazar los nuevos lanzamientos que se hacen desde la Tierra, como satélites claves para nuestra comunicación.

Por eso, el próximo año se pondrá en marcha la misión Remove Debris (retirar basura), antes de que haya una verdadera catástrofe. Parecida a una enorme red de pesca, este artefacto, impulsado por una nave, busca atrapar esos desechos y devolverlos a la Tierra. La idea es que se quemen con el calor con se encontrarán al entrar a la atmósfera.

“Tendremos 10 o 20 años antes de que problemas serios empiecen a suceder», dijo a la cadena BBC, Jason Forshaw, del proyecto RemoveDebris en el Surrey Space Centre.

Telarañas para humanos

Uno de los elementos fabricados por animales de los que más puede aprender el hombre es la telaraña. Su resistencia podría ser la clave para la fabricación de materiales más biocompatibles y sustentables.

Varios grupos de investigación se han enfocado en su estudio y en la manera en que pueden favorecer a la humanidad. La Universidad de Oxford, por ejemplo, tiene un grupo de Telaraña. ¿Cuál es la razón de tal interés? Pocos materiales tienen la capacidad que tienen las telarañas para absorber la energía. Además, combinada con otros materiales podría ser mucho más eficiente que varios materiales. El plástico es uno de ellos.

Otro de los puntos a favor es que las telarañas también pueden llegar a ser compatibles con el cuerpo humano, de manera que podrían convertirse en un elemento clave a la hora de, por ejemplo, reconstruir un cartílago.

Entender los mosquitos de la malaria

“Diarios de mosquitos”. Ese es el nombre del proyecto que busca comprender mejor a uno de los insectos que más ha desvelado a la humanidad: el anopheles, responsable de la trasmisión de la malaria.

La resistencia que ha desarrollado este mosquito a los insecticidas tiene preocupados a los científicos. Por eso, la  Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, como parte de esa iniciativa, está tratando de captar la manera en que vuelan en torno a los mosquiteros.

La idea, como le contó a BBC Josie Parker, investigadora de ese grupo, es usar cámaras infrarrojas y filmar sus movimientos a gran escala. Así pueden saber por cuánto tiempo se posan sobre esa malla con insecticida y aclaran qué cambios deben hacerse en ella para que sea más afectiva. El propçosito es prevenir la muerte miles de personas.

Huesos artificiales

Que el hueso sea el segundo tejido más trasplantado en el mundo ha obligado a la ciencia a buscar alternativas para satisfacer esa demanda. Una de las más revolucionarias es una inciativa desarrollada por investigadores escoceses con la que buscan crear una suerte de huesos artificiales sin que haya químicos, proteínas o fármacos de por medio.

La técnica, llamada “nanopatadas”, consiste en tomar células madre de la médula ósea para luego estimularlas a alta frecuencia (unas miles de “patadas” por segundo) para que se conviertan en células productoras de hueso.

La idea es imitar la biología del mismo hueso y garantizar que el cuerpo no lo rechace una vez sea implantado. De lograrlo, se podrían sanar fracturas sin necesidad de una intervención quirúrgica. Los cálculos indican que en una década ya podrían estar disponibles este tipo de terapias.

Tomado de: http://www.elespectador.com/

Dos jóvenes científicas degradan plástico con bacterias

Miranda-Wang-y-Jeanny-Yao

Click en la imagen para ver el inicio de este proyecto.

La contaminación en los océanos es un problema muy grave. De acuerdo con estudios recientes, es probable que en el 2050 encontremos más plástico que pescado en las aguas marinas. Y es por esto que hay muchas personas trabajando en soluciones, algunas muy imaginativas para revertir esta situación.

Pues bien, la novedad del momento es una bacteria, desarrollada por las estudiantes  Miranda Wang y Jeanny Yao. Quienes llevan trabajando desde sus años escolares en esta idea  y hoy pueden cosechar los frutos. Ya cuentan con dos patentes, y han conseguido un financiamiento inicial de 400 mil dólares para comenzar a desarrollar el producto. Todo ello con tan solo veinte años.

Ya suman cinco premios gracias a su investigación, se hicieron famosas al ser las más jóvenes en ganar el premio de ciencia Perlman. Todo gracias a sus pequeñas bacterias capaces de convertir plástico en CO2 y agua. La tecnología se utiliza de dos maneras: para limpiar las playas y también para producir materias primas para prendas de vestir.

 “Es prácticamente imposible hacer que la gente deje de usar plástico. Necesitamos una tecnología para romper el material. Y que todo se vuelva biodegradable “, dijo Wang.

El desarrollo de la tecnología consta de dos partes. En primer lugar el plástico es disuelto y las enzimas lo catalizan con lo que el plástico se transforma en fracciones sumamente maleables Estos componentes se colocan en una estación biodigestora, donde se compostan como si fuesen restos de comida. El proceso se lleva a cabo en tan solo 24hs, para pasar de plástico a agua, realmente prometedor.

El inicio de este proyecto: https://goo.gl/KYVBUk

Tomado de: www.ecocosas.com
Video: www.ted.com