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PODER, MASA Y VIOLENCIA EN COLOMBIA

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(*Erich Saumeth Cadavid ©-2014) Todo análisis de la violencia que no reproduzca e interprete el papel de cada uno de los sectores que hacen parte de la Sociedad Colombiana (no nación) sufre de una radical e incurable equivocación: Antes que señalar, enjuiciar o endilgar responsabilidades o culpas, debe recordarles a cada uno de esos miembros, su cuota de responsabilidad, por que no hay un solo Colombiano que directa o indirectamente pueda permanecer al margen de la perturbación personal y colectiva que causa la violencia.

El drama de la perpetración de la misma, paradójicamente se encuentra en las palabras que buscan acabar con ella: perdón y olvido. El olvido lleva implícita la condonación de culpas y responsabilidades, situación más que inadmisible en un País que comienza a retomar su conciencia histórica. Pero una cosa es la recriminación retrospectiva o el juicio de responsabilidades sobre el sistema, los partidos o los detentadores del poder y otra el examen moral sobre el fenómeno. Este si es urgente socialmente, por que la violencia no acabara mientras no tomemos conciencia sobre ella.

Sin embargo es mas que cierto que ese olvido es el aspecto manifiesto de la política de convivencia de quienes integran nuestro sistema político y que los lleva a adoptar posturas de paz y acuerdos aparentemente en pro de la patria, no siendo esto mas que la vivida o real expresión de una organización política tradicional en donde priman el sectarismo y la defensa de privilegios listos a protegerse directa o indirectamente y en forma violenta.

Esto nos lleva a creer que entre estas organizaciones políticas existen entendimientos tácitos e incluso expresos que evitan la confrontación mutua y que promueven el olvido (de la violencia), pero que como consecuencia generan en la sociedad la represión subconsciente de su realidad o la desvían a formas radicales de expresión. En este entorno de paz precaria, es posible la acomodación política de manera artificial, hecho que sustenta a su vez el mantenimiento de condiciones de violencia presentes en las esferas políticas y sociales del País.

La permanencia entonces de las posiciones políticas tradicionales, incompatibles con los cambios socio-económicos de la población tienen como consecuencia la persistencia del sectarismo que impide que ni aun y a partir de campañas cívicas o sociales (Marchas), se logren determinar las razones concretas de la violencia o los medios para su extinción y en cambio se adopten posiciones polémicas y distractoras a través de las cuales se preserven determinadas partes de la estructura tradicional y de la institucionalidad políticas y se desechen así los exámenes objetivos del problema de la violencia nacional.

¿Pero y frente a este panorama como reacciona la masa social?…¿y esa reacción implica necesariamente algún tipo de transformación colectiva hacia lo político?… Responder a partir de criterios de auto-interpretación propios o ajenos seria equivocado, situación que en nuestro País es muy frecuente a partir de estudios que pretenden determinar como piensa o actúa parte o la totalidad del conglomerado social. Se llega entonces a explicar la violencia como una conducta de perversión criminologica o como manifestación radical, social o armada, en contra de un sistema injusto y excluyente por parte de esa masa social.

Esta respuesta seria lógica si de manera efectiva las masas oprimidas, controladas o excluidas, fuesen conscientes de su propia situación y reaccionaran aglutinándose, transformándose y convirtiéndose finalmente en una muta de multiplicación social con fines específicos y con el objeto de definir o de por lo menos colocar sobre la mesa, un determinado discurso reivindicativo o de rechazo.

Esta reacción seria la muestra inequívoca de sentimientos o de posiciones colectivas, de masa, que a su vez indicarían que el camino hacia una verdadera consciencia nacional o de nación estaría ya construyéndose. Pero estas manifestaciones al interior de sociedades como la nuestra son escasas. En nuestro País solo existen muy pocos antecedentes en los últimos 20 año, muestras por lo demás significativas de nuestra incapacidad individual de insertarnos de manera sostenible dentro de una masa que a partir de su densidad, crecimiento y apertura nos permite sentirnos e incluso considerarnos como nación.

La violencia no es más que una profunda expresión de las incapacidades sociales y golpea, siempre, lo más íntimo de la conciencia colectiva.

Nuestro problema es entonces no la carencia de paz, sino la falta de capacidad personal, colectiva e incluso política para alcanzarla. Es mas, nuestras reacciones generales evidencian un estado permanente de insensibilidad colectiva. Se reacciona en razón directa a la proximidad con el hecho violento. Medimos en kilómetros, en cuadras, e incluso en metros, nuestra sensibilidad y nuestra solidaridad con la nación, con los ciudadanos y con nuestra misma especie y aceptamos tácitamente la imposición de nuevas escalas de valores deformadas, anómalas e ilegales.

No se hiere o mata con agrado a la propia gente. Siempre existe un sentimiento de ¨tribu¨ que se opone a las guerras civiles y por lo general esto las lleva a terminar en pocos años o incluso más aprisa.

¿Cual es entonces la razón de la prolongación de un conflicto o la persistencia de fenómenos violentos por mas de medio siglo contados estos últimos solo y a partir de 1948?… Acaso y de manera exclusiva el «…control político y social por medios coercitivos y violentos…» ¿O el carácter generalizado con un efecto normalizador de la violencia?…Si. De hecho queda claro el uso de la violencia como mecanismo de exclusión y de efectivo control político. ¿Pero como explicar nuestra conducta individual frente a este hecho?.

Tal vez a través de una sola expresión: Indiferencia…frente al entorno político y social. La victima se invisibiliza y eso justifica su condición y permite su exclusión. Se convierte pues la violencia en la suma de responsabilidades transformadas en cuentas de cobro sin cesar pasadas de una generación a otra, y cuyo símbolo es esa indiferencia que parece ser lo que nos identifica finalmente como nación, a la cual en últimas pareciera que a ninguno interesara pertenecer. No somos más que la acumulación de indiferencias individuales. Y si no, miren a su alrededor…

-Imagen: Masacre en Colombia, Testimonio de Incertidumbre de Fernando Botero – Fundación Museo Rayo.

*Erich Saumeth Cadavid, es Magister en Estudios Políticos, Especialista en Estudios Político-Económicos, Diplomado en Estudios Geopolíticos y Diplomado en Desarrollo Humano en el Contexto Colombiano.

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